Marta y María de Betania eran hermanas de Lázaro y amigas cercanas de Jesús en una aldea próxima a Jerusalén. Los Evangelios las recuerdan juntas en tres escenas: la visita de Lucas 10, donde Marta sirve y María escucha a los pies del Maestro; el duelo por la muerte de Lázaro en Juan 11, donde ambas pronuncian la misma frase a Jesús y reciben de él respuestas distintas; y la cena de Juan 12, donde Marta vuelve a servir mientras María unge los pies de Jesús con un perfume de gran valor. Sus historias están entrelazadas, pero cada una merece también su propio recorrido.
- Betania, la casa que Jesús amaba
- Qué significan los nombres de Marta y María
- Marta: hospitalidad, fe y una confesión decisiva
- María: escuchar, llorar y entregar
- Betania como espacio poco habitual para una mujer
- Marta y María en el arte: Vermeer y Velázquez
- Dos hermanas, una misma amistad
- Profundiza en cada historia
- Conclusión: dos formas de amar a Jesús
Betania, la casa que Jesús amaba
Betania era una aldea situada en la falda oriental del Monte de los Olivos, a poca distancia de Jerusalén. Allí vivían tres hermanos —Lázaro, Marta y María— con quienes Jesús mantenía una relación cercana. Juan lo dice de forma explícita: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Juan 11:5).
Esa casa aparece en los Evangelios como un espacio distinto al de las controversias públicas de Jesús con las autoridades religiosas. En Betania se le recibe, se le sirve, se llora con él y se le unge. No es un escenario de enseñanza multitudinaria, sino de amistad.
Qué significan los nombres de Marta y María
Marta procede del arameo y es el femenino de mar («señor»), por lo que su nombre puede traducirse como «señora» o «dueña de casa». Encaja con el detalle de Lucas 10:38, donde se dice que ella lo recibió en su casa.
El significado del nombre María (hebreo Miriam) es más discutido entre los especialistas: se han propuesto lecturas como «amada», «excelsa» o «la deseada», sin que exista consenso sobre cuál es la etimología correcta. Por eso conviene presentarlo como una posibilidad, no como un dato cerrado.
Marta: hospitalidad, fe y una confesión decisiva
Marta es quien recibe a Jesús en Lucas 10 y quien, ocupada en el servicio, le pregunta si no le importa que su hermana la haya dejado sola. La respuesta de Jesús no condena el servicio: le pide que no deje que la preocupación absorba todo.
En Juan 11, Marta sale al encuentro de Jesús tras la muerte de Lázaro y pronuncia una de las confesiones de fe más densas del cuarto Evangelio: reconoce a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo». Y en Juan 12 vuelve a servir, sin que el evangelista presente esa acción como un problema.
María: escuchar, llorar y entregar
María aparece siempre cerca de los pies de Jesús, pero cada escena cambia de sentido. En Lucas 10 se sienta a escuchar su palabra, en una postura asociada al aprendizaje de un discípulo. En Juan 11 cae a esos mismos pies para llorar la muerte de su hermano. Y en Juan 12 los unge con un perfume de nardo puro, muy costoso, y los seca con sus cabellos.
Esa secuencia —escuchar, llorar, entregar— permite conocerla mejor que la vieja caricatura de «la hermana que no ayudaba». También obliga a aclarar una confusión histórica: María de Betania no es automáticamente María Magdalena ni la mujer anónima de otros relatos evangélicos de unción.
Betania como espacio poco habitual para una mujer
Leídas juntas, las escenas de Betania muestran a dos mujeres ocupando espacios que no eran los más habituales para ellas en su época. María se sienta a escuchar una enseñanza religiosa en la postura reservada a un discípulo. Marta discute de teología con Jesús en pie de igualdad y su testimonio sostiene una de las confesiones cristológicas centrales del Evangelio de Juan. Ninguna de las dos ejerce un cargo formal, pero ambas hablan y son escuchadas.
Marta y María en el arte: Vermeer y Velázquez
La escena de Lucas 10 se convirtió en uno de los temas más pintados de la historia del arte europeo. Johannes Vermeer la representó hacia 1655 en Cristo en casa de Marta y María (National Galleries of Scotland): Marta de pie con una cesta de pan, María sentada y apoyada en su mano, ambas alrededor de Jesús sin que la escena muestre tensión visual entre ellas.
Diego Velázquez, en cambio, pintó en 1618 una versión con el mismo título (National Gallery, Londres) donde el primer plano lo ocupa una cocina con una joven trabajando, mientras la escena de Jesús y las hermanas aparece pequeña, al fondo, en una ventana o un cuadro dentro del cuadro. Cada pintor decidió dónde poner el peso visual de la historia: en la serenidad de la escucha o en el trabajo cotidiano que la hace posible.
Dos hermanas, una misma amistad
La tradición cristiana ha leído a menudo a Marta y María en oposición, como si representaran dos caminos excluyentes: la vida activa frente a la vida contemplativa. Los propios Evangelios no sostienen esa lectura de forma tan tajante. Marta sigue sirviendo después de su gran confesión de fe; María escucha, pero también actúa cuando llega el momento de la unción.
Lo que sí queda claro es que ambas son recibidas por Jesús como amigas, no solo como anfitrionas. Su casa en Betania fue, según los Evangelios, uno de los últimos refugios de Jesús antes de la Pasión.
Profundiza en cada historia
Para conocer a cada hermana con mayor profundidad —sus pasajes, lo que sabemos y lo que no, y su legado— puedes leer sus biografías independientes:
- Marta de Betania: hospitalidad, fe, servicio y legado. Su recepción a Jesús, su franqueza, su confesión de fe en Juan 11, su servicio continuado en Juan 12 y la tradición medieval de Provenza y la Tarasca.
- María de Betania: escuchar, llorar y amar a los pies de Jesús. Su escucha en Lucas 10, su duelo en Juan 11, la unción de Juan 12 y por qué no debe confundirse con María Magdalena ni con otras mujeres de los Evangelios.
Conclusión: dos formas de amar a Jesús
Marta y María de Betania no necesitan enfrentarse para que su historia tenga sentido. Una recibe, sirve, protesta con sinceridad y confiesa quién es Jesús. La otra escucha, llora y entrega lo más valioso que tiene. Juntas muestran que la amistad con Jesús deja espacio tanto para la acción como para la escucha, tanto para la fe articulada como para el silencio que llora.
«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro»



