Penitencia o Reconciliación: el sacramento del perdón de Dios

El sacramento de la Penitencia o Reconciliación es el encuentro del pecador arrepentido con la misericordia de Dios. Recibe también otros nombres —confesión, conversión, perdón— y, por medio de la absolución del sacerdote, restablece la amistad con Dios y con la Iglesia (Catecismo, nn. 1423-1424).

Penitencia o Reconciliación: el sacramento del perdón de Dios
Penitencia o Reconciliación: el sacramento del perdón de Dios
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Sacramento

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El significado de la palabra

El Catecismo explica sus nombres: «conversión» recuerda la llamada de Jesús a volver al Padre; «penitencia» señala el proceso personal y eclesial de arrepentimiento y reparación; «confesión» se refiere a decir los pecados al sacerdote, lo que también es alabar la santidad y la misericordia de Dios; y «perdón» y «reconciliación» expresan el don de paz que Dios concede por la absolución (nn. 1423-1424). En griego, la conversión bíblica es metánoia, «cambio de mentalidad».

En la Biblia

Tras la Resurrección, Jesús entrega a los apóstoles este poder: «Como el Padre me envió, también yo os envío. […] Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,21-23). Pablo lo resume como un encargo: Dios «nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), y pide: «¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5,20).

La imagen más clara del sacramento es la parábola del hijo pródigo, que el Catecismo recorre paso a paso: la falsa libertad, la miseria, la decisión de volver y reconocer la culpa, y la acogida del padre (n. 1439). «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15,20). Y el padre ordena: «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies» (Lc 15,22).

Cómo se celebra

El Catecismo distingue tres actos del penitente: la contrición, el dolor por el pecado con el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en decir al sacerdote los pecados graves que se recuerdan; y la satisfacción, la reparación del daño y una penitencia que el confesor adapta a la persona (nn. 1450-1460). Examinar la conciencia a la luz de la Palabra de Dios es la mejor preparación.

La fórmula de absolución pide para el penitente «el perdón y la paz» por el ministerio de la Iglesia, y el sacerdote absuelve en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (n. 1449). Los ministros son los obispos y los presbíteros, que continúan el ministerio de reconciliación que Cristo confió a los apóstoles (nn. 1461-1466). El sacerdote está obligado a guardar un secreto absoluto de lo que oye: es el sigilo sacramental (n. 1467).

Todo fiel que ha alcanzado el uso de razón debe confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y antes de comulgar si tiene conciencia de pecado grave (n. 1457). Confesar los pecados veniales no es obligatorio, pero la Iglesia lo recomienda (n. 1458).

La gracia que da

Este sacramento reconcilia con Dios, devolviendo la gracia y la amistad con Él, y con la Iglesia, que se beneficia de la comunión renovada del penitente. Remite la pena eterna del pecado mortal y, al menos en parte, las penas temporales; y da paz de conciencia, consuelo espiritual y fuerza para el combate cristiano (nn. 1468-1469, 1496).

Cómo se vive hoy

Algunas formas de vivirlo: hacer cada noche un breve examen de conciencia; acudir a la confesión con frecuencia y no solo cuando hay una falta grave; preparar con sencillez lo que se quiere decir; y cumplir la penitencia como un gesto de reparación. El beato Valentín Paquay, franciscano, aparece en su ficha de esta web como apóstol de la reconciliación.

Si te cuesta perdonar o perdonarte, tienes en esta web el artículo «El perdón y la salud mental» y «3 oraciones para pedir perdón».

Voces de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica trata este sacramento en los nn. 1422-1498 y recuerda que el confesor actúa como el Buen Pastor y como signo del amor misericordioso de Dios: sirve a un perdón que no es suyo (nn. 1465-1466).

Santo Tomás de Aquino lo estudia en la Suma Teológica, III, qq. 84-90.

Fuentes de consulta

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