Bienaventurados los que lloran: la tercera bienaventuranza

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5) es la bienaventuranza más paradójica: llama dichosos a quienes sufren. No bendice el dolor por sí mismo, sino la promesa de que el dolor no tiene la última palabra y de que Dios mismo consolará.

Bienaventurados los que lloran: la tercera bienaventuranza
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Bienaventuranza

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El significado de las palabras

El verbo griego es penthéō, que se usa para el duelo por un difunto y para toda aflicción profunda. «Los que lloran» (penthountes) son los que están de luto: por la pérdida de alguien, por el pecado propio o ajeno, por el mal del mundo.

La promesa dice parakalēthēsontai, «serán consolados». Tiene la misma raíz que parákletos, el «Paráclito» o «consolador» con que Jesús llama al Espíritu Santo (Jn 14,16). Además, el verbo está en pasiva: quien consuela es Dios. Es lo que se llama una «pasiva divina», frecuente en el lenguaje judío para no nombrarlo.

Esta bienaventuranza va después de la de los mansos en la Biblia de Jerusalén y en la Vulgata latina (Mt 5,5); algunas ediciones modernas las invierten. El papa Francisco la comenta en este mismo lugar en Gaudete et exsultate, justo después de los mansos.

En la Biblia

Lucas tiene un paralelo: «Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis» (Lc 6,21), con el contrapunto «¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto» (Lc 6,25).

Isaías anunció un enviado «para consolar a todos los que lloran» (Is 61,2). El Salmo 126 dice que «los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos» (Sal 126,5). Jesús mismo se echó a llorar ante la tumba de Lázaro (Jn 11,35) y lloró sobre Jerusalén (Lc 19,41), y en la última cena prometió: «vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20). El Apocalipsis cierra la Biblia con esa promesa cumplida: Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 21,4).

Qué enseña

Jesús no bendice el sufrimiento como si fuera bueno. Dice que quien llora está en un lugar donde Dios actúa, porque el consuelo viene de Él. La Biblia reconoce el llanto como parte de la fe: los salmos lloran y reclaman, y el propio Jesús llora.

La tradición ha distinguido varios motivos de llanto: el duelo por quien se pierde, el dolor por el propio pecado y el dolor por el mal del mundo. En los tres casos, el que llora no se resigna al mal ni lo disimula.

El Catecismo señala que las promesas paradójicas de las bienaventuranzas sostienen la esperanza en medio de las pruebas (n. 1717).

Un testigo que la vivió

Santa Mónica, madre de san Agustín, lloró durante años por la conversión de su hijo. San Agustín lo cuenta en las Confesiones (III, 11-12; IX, 8-13): ella siguió rezando sin desesperar y vivió para ver su bautismo. Murió en Ostia en el año 387 y la Iglesia celebra su memoria el 27 de agosto. Su ficha en esta web recorre su historia.

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Cómo se vive hoy

Algunas maneras de vivirla: no taparle la boca al dolor propio ni ajeno; acompañar a quien llora sin apresurarse a dar explicaciones; llevar a la oración lo que duele, tal cual, como hacen los salmos; y dejar que el mal del mundo —una injusticia, una guerra, una enfermedad— nos afecte en lugar de acostumbrarnos.

Francisco, en Gaudete et exsultate, dice que el cristiano sabe «llorar con los demás» y que eso es santidad (nn. 75-76).

Voces de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1716-1729) presenta las bienaventuranzas como respuesta al deseo de felicidad que Dios puso en el corazón humano. El n. 1717 explica que sus promesas, aunque parezcan paradójicas, sostienen la esperanza en las pruebas.

Gregorio de Nisa dedicó ocho homilías a las bienaventuranzas, y san Agustín las lee en su comentario al Sermón del monte como una ascensión por grados.

Fuentes de consulta

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