Los magos de oriente aparecen en un solo evangelio y en apenas doce versículos, pero la tradición ha ido añadiendo siglo tras siglo su número, sus nombres, su corona e incluso su origen. ¿Qué dice realmente Mateo 2,1-12? ¿Eran reyes, eran tres y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar? Esta guía separa el texto bíblico de la tradición posterior y explica qué celebra la Iglesia el 6 de enero, la fiesta de la Epifanía.
También puedes leer: La profecía de Miqueas sobre el nacimiento de Jesús · Curiosidades dentro y fuera de la Biblia
Introducción: del Evangelio a la tradición
La imagen de tres sabios monarcas —Melchor, Gaspar y Baltasar— montados en camellos, siguiendo una estrella para adorar al niño Jesús, es una de las escenas más arraigadas en la cultura popular navideña. Sin embargo, esta representación se ha desarrollado a lo largo de siglos de tradición y no se encuentra explícitamente en el texto bíblico. La única fuente canónica que narra este evento es el Evangelio de Mateo, y su relato es significativamente más sobrio y enigmático. Mateo (2,1-12) solo se refiere a ellos como «unos magos que venían del Oriente», sin especificar su número, sus nombres, su estatus real o sus medios de transporte.

El relato bíblico: la sobriedad de Mateo
El Evangelio de Mateo es el único de los cuatro que relata la visita de estos sabios. Lucas, que narra el nacimiento con los pastores y el pesebre, no los menciona, y Marcos y Juan tampoco.
Lo que cuenta Mateo, paso a paso
La pregunta en Jerusalén (Mt 2,1-2). Después del nacimiento de Jesús en Belén, «en tiempo del rey Herodes», llegan a Jerusalén unos magos con una pregunta: dónde está el Rey de los judíos que ha nacido, porque han visto su estrella en el Oriente y han venido a adorarle.
La reacción de Herodes (Mt 2,3-8). Mateo dice que Herodes «se sobresaltó y con él toda Jerusalén». El rey convoca a los sumos sacerdotes y a los escribas, que señalan Belén de Judea citando al profeta (Mt 2,5-6; la cita procede de Miqueas 5,1, que analizamos en este artículo sobre la profecía de Miqueas). Herodes llama aparte a los magos, se informa del tiempo en que apareció la estrella y los envía a Belén con la excusa de ir también él a adorar al niño.
La estrella y la casa (Mt 2,9-11). La estrella que habían visto va delante de ellos hasta detenerse encima del lugar donde estaba el niño, y los magos se llenan de inmensa alegría. Entonces ocurre un detalle que suele pasar desapercibido: «entraron en la casa». Mateo no habla de establo ni de pesebre; esos elementos pertenecen al relato de Lucas (Lc 2,7.12.16). La tradición y el arte fundieron los dos evangelios en una sola escena, y por eso la mayoría de los belenes colocan a los magos junto al portal. Allí se postran, adoran al niño, abren sus cofres y le ofrecen oro, incienso y mirra.
El regreso por otro camino (Mt 2,12). Avisados en sueños de que no vuelvan a Herodes, se retiran a su país por otro camino. Más adelante, Herodes ordena matar a los niños de Belén «de dos años para abajo, según el tiempo que cuidadosamente había precisado por los magos» (Mt 2,16). Algunos estudiosos deducen de este dato que la visita pudo producirse cierto tiempo después del nacimiento, aunque el texto no lo afirma con claridad.
La identidad de los «magos»
La palabra griega utilizada en el texto original es magoi (μάγοι). En la antigüedad, esta palabra no se refería a monarcas, sino a una clase de sacerdotes persas o babilonios que se especializaban en la astronomía, la astrología y la interpretación de sueños. Eran considerados hombres sabios, pero no reyes. La misma palabra aparece en Hechos 13,6-8 aplicada a un «mago» que se oponía a Pablo en Chipre, lo que muestra que su sentido podía variar según el contexto.
Su procedencia, «del Oriente», es deliberadamente vaga. Se han propuesto regiones como Arabia, Mesopotamia o Persia, pero el evangelista no precisa de dónde venían. No se les describe como monarcas ni se les atribuyen coronas o títulos de realeza en el texto sagrado.

El número desconocido
El Evangelio de Mateo no menciona un número específico de magos. Simplemente utiliza el plural «unos magos». La tradición de que eran tres se deriva del número de dones que ofrecieron al niño: oro, incienso y mirra. Según las fuentes que recogen la historia de esta tradición, fue el teólogo Orígenes, en el siglo III, quien propuso por primera vez que fueran tres en razón de los tres dones. Sin embargo, no hay nada en el texto que impida que fueran dos, cuatro, doce o cualquier otro número.
La evolución de la tradición: de la Biblia a la leyenda
La popularización del relato de los tres Reyes Magos es un claro ejemplo de cómo la tradición y la exégesis se entrelazan para llenar los vacíos del texto bíblico.
¿Por qué «reyes»?
El título de reyes se apoyó en textos del Antiguo Testamento que la tradición cristiana leyó en clave mesiánica. El Salmo 72,10-11 habla de reyes que traen tributo y se postran ante el rey, y Isaías 60,3-6 anuncia que las naciones y sus reyes caminarán hacia la luz de Jerusalén, trayendo «oro e incienso». Esa coincidencia con los dones de Mateo llevó a leer la visita de los magos como cumplimiento de estas promesas.
Aun así, el paso fue gradual. Según las fuentes históricas consultadas, antes del siglo VI ningún autor cristiano afirma expresamente que fueran reyes; Tertuliano, en el siglo III, los describe como «casi reyes». El arte cristiano los representa ya como reyes a partir del siglo VIII. Las representaciones más antiguas, en las catacumbas (siglos II al IV), los muestran con atuendo persa.
Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar
Los nombres de los magos tampoco aparecen en la Biblia. Surgieron en fuentes tardías, con el fin de humanizar y personalizar a estos personajes, y no hubo al principio un acuerdo: uno de los primeros textos que los nombra, el Excerpta Latina Barbari, da las formas Bithisarea, Melichior y Gathaspa. Los nombres que usamos hoy, Gaspar, Melchor y Baltasar, se fijaron entre los siglos VI y IX; una de las menciones más conocidas es la del historiador Agnello de Rávena, en el siglo IX. Con el tiempo se estandarizaron en la tradición cristiana occidental.
La identidad racial y el simbolismo
La idea de que los magos representaban a las tres «razas» conocidas en el mundo antiguo —Europa, Asia y África— también es un desarrollo posterior. La iconografía medieval los representó con edades y orígenes distintos, con variaciones según épocas y lugares: un anciano, un hombre maduro y un joven, y con frecuencia un europeo, un asiático y un africano. Este simbolismo se afianzó en la Edad Media y buscaba ilustrar que el Mesías venía a salvar a toda la humanidad, sin distinción de origen.

La mirra, el incienso y el oro
Los tres dones mencionados en Mateo 2,11 sí son parte integral del relato bíblico. Mateo no explica su significado, pero la tradición cristiana les dio desde antiguo una lectura simbólica:
- Oro: un regalo digno de un rey. Se interpreta como signo de la realeza de Jesús, el «Rey de los judíos» que buscaban los magos.
- Incienso: una resina aromática utilizada en los ritos de adoración. Se interpreta como signo de su divinidad y de su condición de sumo sacerdote.
- Mirra: una resina utilizada para perfumar y para preparar los cuerpos para el entierro. Se interpreta como signo de su humanidad y de su futura pasión y muerte.
Se trata de una lectura simbólica de la tradición, no de una explicación que ofrezca el propio evangelista. Aun así, ha marcado profundamente la oración, el arte y la liturgia cristianas.

La Epifanía: qué celebra la Iglesia con los magos
La Iglesia celebra la visita de los magos en la fiesta de la Epifanía del Señor, tradicionalmente el 6 de enero. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 528) explica que la Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo, y que en estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen la Buena Nueva de la salvación.
Benedicto XVI desarrolló esta idea en su homilía de la Epifanía de 2006: los magos son las primicias de los pueblos paganos, a quienes alcanza el resplandor de Cristo. No pertenecen al pueblo de Israel, pero buscan y encuentran al Rey que había nacido en Belén.
Esta lectura también explica el contraste que subraya Mateo: mientras unos extranjeros recorren un largo camino para adorar, Herodes y Jerusalén se sobresaltan, y quienes conocen las Escrituras saben señalar Belén, aunque el texto no dice que ellos acudan.
Conclusión: el verdadero mensaje
La discrepancia entre la tradición y el texto bíblico no desvirtúa el mensaje central del relato de los magos. Ya sea que fueran tres o treinta, reyes o astrónomos, con nombres o sin ellos, lo verdaderamente importante es que estos sabios no judíos viajaron grandes distancias, guiados por la fe, para buscar y adorar al Mesías. Su visita simboliza la revelación universal de Jesús, un salvador que no solo vino para el pueblo de Israel, sino para todas las naciones. La historia de los magos, tal como se narra en el Evangelio, es una afirmación de que el plan de salvación de Dios abarca a toda la humanidad, sin importar la raza, la cultura o la geografía.
«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén.»
Mateo 2,1 (Biblia de Jerusalén)
Puedes leer Mateo 2,1-12 en la Biblia en Vatican.va. Regresa a Curiosidades dentro y fuera de la Biblia.
Preguntas frecuentes sobre los magos de oriente
Fuentes consultadas
- Biblia: Mateo 2,1-16; Lucas 2,7-16; Hechos 13,6-8; Salmo 72,10-11; Isaías 60,3-6; Miqueas 5,1. Texto de Mateo según la Biblia de Jerusalén; Mateo 2 en Vatican.va.
- Catecismo de la Iglesia Católica, n. 528: la Epifanía y los magos como primicias de las naciones.
- Benedicto XVI, homilía de la Solemnidad de la Epifanía, 6 de enero de 2006.
- ACI Prensa, «¿Quiénes eran los Reyes Magos y por qué se llaman Melchor, Gaspar y Baltasar?»: síntesis divulgativa sobre el número, la realeza y los nombres; los datos históricos se citan de esta obra y deben contrastarse con estudios especializados.




