Bienaventurados los limpios de corazón: la sexta bienaventuranza

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8) promete lo más alto: ver a Dios. Y señala la condición: no una pureza de ritos o de apariencia, sino la del «corazón», que en la Biblia es el centro de la persona, donde se piensa, se decide y se ama.

Bienaventurados los limpios de corazón: la sexta bienaventuranza
Bienaventurados los limpios de corazón: la sexta bienaventuranza
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Bienaventuranza

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El significado de las palabras

El griego dice katharoi tē kardía, «limpios de corazón». Katharós se usaba para lo ritualmente puro, lo que podía acercarse al templo; Jesús traslada la pureza al interior. Y kardía, en la mentalidad bíblica, no es solo el sentimiento: es la sede de los pensamientos, las intenciones y la voluntad. El Catecismo lo dice así: el corazón es la sede de la personalidad moral (n. 2517).

La promesa, «verán a Dios» (ópsontai ton theón), choca con un texto básico del Antiguo Testamento: «no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,20). La bienaventuranza anuncia que esa distancia se supera.

En la Biblia

Se acerca al Salmo 24: «¿Quién subirá al monte de Yahveh?» y la respuesta: «El de manos limpias y puro corazón» (Sal 24,3-4). El Salmo 51 es la súplica de quien pide a Dios un corazón puro. Jesús enseña dónde está la impureza real: lo que sale del corazón —las malas intenciones, la codicia, el engaño— es lo que mancha a la persona (Mt 15,18-20).

La carta a los Hebreos pide la santidad, «sin la cual nadie verá al Señor» (Heb 12,14), y 1 Juan promete: «le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2).

Qué enseña

El Catecismo desarrolla la sexta bienaventuranza al hablar de la pureza del corazón: son limpios los que ajustan su inteligencia y su voluntad a la santidad de Dios en tres campos: la caridad, la castidad y el amor a la verdad y a la fe recta (n. 2518). Ya en esta vida esa limpieza permite mirar a las personas como prójimos y no como objetos, y ver el cuerpo humano como templo del Espíritu Santo (n. 2519). Ver a Dios cara a cara llega al final; aquí es un anticipo.

La tradición insiste en que la pureza de corazón no es solo evitar lo malo: es vivir con sencillez de intención, haciendo las cosas por Dios y no por la apariencia.

Un testigo que la vivió

Santa María Goretti (1890-1902) murió a los once años tras defenderse de un intento de violación. Antes de morir perdonó a su agresor, Alessandro Serenelli, que más tarde se arrepintió. Pío XII la canonizó en 1950 y la Iglesia celebra su memoria el 6 de julio. Su ficha en esta web recorre su historia.

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Cómo se vive hoy

Algunas maneras de vivirla: cuidar lo que se mira y con qué se alimenta el interior; revisar las intenciones y no solo las obras; hablar sin doblez; y fijarse en lo que mancha el amor, no solo en lo que está prohibido.

Francisco lo formula así: «Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad» (Gaudete et exsultate, nn. 83-86).

Voces de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica trata la sexta bienaventuranza al hablar de la pureza del corazón (nn. 2517-2519) y la sitúa en el horizonte de la visión de Dios (nn. 1716-1729).

San Agustín y Santo Tomás de Aquino comentan esta bienaventuranza: el primero en su comentario al Sermón del monte y el segundo en la Suma Teológica (I-II, q. 69).

Fuentes de consulta

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