Don de piedad: vivir como hijos y como hermanos

La piedad es el sexto don del Espíritu Santo. El Papa Francisco aclara que no significa sentir compasión por alguien: es nuestra pertenencia a Dios, «una relación vivida con el corazón», una amistad con Él que lleva a la gratitud, a la oración y a tratar a los demás como hermanos.

Don de piedad: vivir como hijos y como hermanos
Don de piedad: vivir como hijos y como hermanos
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Don del Espíritu Santo

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Qué significa

En su catequesis del 4 de junio de 2014, Francisco define la piedad como el vínculo profundo con Dios que da sentido a la vida y sostiene en las dificultades; dice que es «el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración». Y ese vínculo con Dios se traduce en un modo de tratar a los demás: como hermanos, sin formalismos.

Santo Tomás de Aquino la estudia en la Suma Teológica (II-II, q. 121) y la considera un don del Espíritu Santo (a. 1).

En la Biblia

Una nota sobre el texto: en Isaías 11,2-3, en la Biblia de Jerusalén, se nombran seis cualidades —sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia y temor de Yahveh— y el temor vuelve a aparecer en el versículo 3. La lista clásica de siete, con la piedad como sexto don, es la que ha transmitido la tradición de la Iglesia y la que recoge el Catecismo (n. 1831).

La Escritura describe el fondo de la piedad como filiación: «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14). Recibimos «un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8,15), y «el Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8,16). También Gálatas 4,6: «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!».

Cómo actúa en la vida

Francisco insiste en que la piedad no es un sentimentalismo ni una devoción de fachada: «una relación vivida con el corazón». Nace desde dentro, se expresa en la oración, en la alabanza y en el agradecimiento, y se nota en la manera de tratar a los demás: con ella se aprende a «llorar con quien llora».

En la vida de cada día, el don de piedad ayuda a rezar con sencillez, a participar en el culto con el corazón y a servir sin dejar que se enfríe el trato con las personas.

El don y la bienaventuranza

Santo Tomás relaciona la piedad con la segunda bienaventuranza, «bienaventurados los mansos» (II-II, q. 121, a. 2), aunque aclara que la mansedumbre se asocia a la piedad de forma indirecta —ayuda a quitar lo que estorba sus actos—, y que la cuarta y la quinta bienaventuranza encajan con ella más directamente.

Las bienaventuranzas están recorridas en la página «Las bienaventuranzas» de esta web.

Cómo pedirlo

Algunas formas de vivirlo: empezar y terminar el día con una oración sencilla, como si hablaras con un padre; participar en la Misa con atención al corazón y no solo al reloj; acompañar a alguien que sufre; y rezar el Padrenuestro despacio, deteniéndote en «Padre».

Voces de la Iglesia

El Catecismo enumera la piedad entre los siete dones (n. 1831). Francisco le dedicó la catequesis del 4 de junio de 2014. Santo Tomás la estudia en la Suma Teológica, II-II, q. 121.

Fuentes de consulta

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