Serafines: los ángeles del fuego y de la adoración
Los serafines son los ángeles que la tradición cristiana coloca en el primer coro, el más cercano al trono de Dios. Como seres celestes aparecen en la Biblia únicamente en la visión de Isaías 6, donde proclaman la santidad de Dios y purifican los labios del profeta con un carbón encendido. Su nombre evoca el fuego, y la tradición lo ha leído como símbolo del amor que arde ante Dios.

Coro angélico
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El significado de su nombre
«Serafín» procede del hebreo śārāf, que significa «arder» o «abrasar»; los serafines son, literalmente, «los ardientes». Santo Tomás de Aquino explica que el nombre expresa ardor o fuego, y recuerda tres propiedades del fuego —se eleva, calienta con fuerza y da luz— como imagen de su movimiento hacia Dios y de su acción sobre los demás (Suma Teológica, I, q. 108, a. 5). En otros pasajes bíblicos la misma palabra designa a las «serpientes abrasadoras» (Números 21,6), pero la tradición angélica se refiere a los seres celestes de Isaías 6.
El personaje en la Biblia
Los serafines aparecen como seres celestes en Isaías 6,1-8. El profeta contempla al Señor sentado en un trono muy alto y, por encima de él, a los serafines. Cada uno tiene seis alas: con dos se cubre el rostro, con dos se cubre los pies y con dos vuela (Is 6,2). Se responden unos a otros diciendo: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; la tierra está llena de su gloria» (Is 6,3). Uno de ellos toma con unas tenazas un carbón encendido del altar y toca con él la boca de Isaías para anunciarle que su culpa ha sido quitada (Is 6,6-7). Un himno semejante aparece en Apocalipsis 4,8, en boca de los cuatro seres vivientes, y la Iglesia lo canta en la Misa.
Vida y vocación
La Escritura no presenta a los serafines con una biografía, porque son seres espirituales creados por Dios. Lo que sabemos de ellos procede de un único pasaje: la visión que tuvo el profeta Isaías en el templo de Jerusalén, el año en que murió el rey Ozías (Is 6,1).
En esa visión, el profeta contempla al Señor en un trono muy alto, y sobre él están los serafines. Su gesto es de reverencia ante la santidad de Dios, y su ocupación es la alabanza: se cubren el rostro y los pies, y proclaman sin cesar «Santo, santo, santo».
Después, uno de ellos toma un carbón encendido del altar y toca con él los labios de Isaías, que se sentía hombre de labios impuros. El serafín le asegura que su culpa ha sido borrada. El ángel del fuego no destruye al profeta: lo purifica para que pueda hablar en nombre de Dios y responder a la llamada del Señor: «Aquí estoy, envíame» (Is 6,8).
La tradición cristiana situó a los serafines en el primer coro. Pseudo-Dionisio Areopagita, hacia el año 500, los pone en la primera jerarquía junto a los querubines y los tronos, y Gregorio Magno los cita como el más alto de los nueve órdenes. Santo Tomás de Aquino, siguiendo esa línea, interpreta su nombre como signo del amor ardiente que los une a Dios.
Frente a los querubines, que la tradición asocia con el conocimiento, y a los tronos, vinculados con la justicia, los serafines se identifican con el amor y la adoración. Es una forma de ordenar lo que la Escritura dice con palabras distintas, no una enseñanza definida por la Iglesia: la división en nueve coros pertenece a la tradición teológica, no es un dogma de fe.
Atributos e iconografía
Isaías describe a los serafines con seis alas: dos que cubren el rostro, dos que cubren los pies y dos para volar.
Devoción y legado
No existe una devoción litúrgica propia a los serafines ni una fiesta específica en el calendario, aunque la Iglesia celebra a los santos ángeles en general. La tradición espiritual los contempla sobre todo como modelo de adoración. La Misa recoge su canto en el «Santo, santo, santo» y, según el Catecismo, en la liturgia la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (n. 335).
La espiritualidad franciscana los tiene muy presentes: según la tradición, en 1224, en el monte Alvernia, san Francisco de Asís vio la figura de un serafín alado y crucificado y recibió los estigmas. De ahí el título de «seráfico» que se da a san Francisco y a su Orden.
Oraciones o escritos
Los serafines no tienen escritos propios. Lo que sabemos procede de Isaías 6 y de la reflexión posterior: Pseudo-Dionisio Areopagita (La jerarquía celeste, hacia el año 500), que fija el orden en tres jerarquías de tres coros cada una; Gregorio Magno (Homilías sobre los Evangelios, homilía 34), que enumera los nueve órdenes a partir de los nombres bíblicos; y Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, I, q. 108), que explica el significado de cada nombre. El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 328-336) resume la doctrina sobre los ángeles sin recoger la división en coros.
Fuentes de consulta
- Biblia, Isaías 6,1-8 (visión del templo).
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 328-336: https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c1p5_sp.html
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 108 (los órdenes de los ángeles): https://www.newadvent.org/summa/1108.htm
- Pseudo-Dionisio Areopagita, La jerarquía celeste.
- San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, homilía 34.




